Estupefacto

Estupefacto, ta / Del lat. stupefactus./ 1. adj. Atónito, pasmado. / Real Academia Española ©

 [persona] Que está muy sorprendido, asombrado o desconcertado ante algo poco habitual, y no comprende lo que pasa ni sabe cómo reaccionar.

 

Un amigo, compañero del colegio y de la universidad, cree que la homosexualidad es pecado, cree además que es una enfermedad que se puede curar. Me cuesta tanto comprender que una persona con la que compartimos territorios de vida tan similares, con la que estamos de acuerdo en tantas cosas, tengamos visiones tan diferentes sobre aspectos tan fundamentales de nuestra vida. Algo parecido me pasa con mi hermano y con nuestras visiones políticas, con las formas de solución que visualizamos para el conflicto colombiano.

 

He dedicado gran parte de mis esfuerzos profesionales para defender los derechos de las minorías, para promover el establecimiento de herramientas que visibilicen al otro, que lo incluya, que le permita formar parte. Considero que la cultura es una herramienta poderosa para lograr este propósito, estoy convencido de que en Medellín se lograron grandes avances gracias a este enfoque, a su aplicación por parte de organizaciones culturales y sociales y por varios gobiernos (participé en uno de ellos).

 

He observado impotente cómo, durante 2016, se han derrumbado estructuras que consideraba esenciales para mi cosmovisión: Ganaron el No y la desidia en el plebiscito mediante el cual (yo estaba totalmente convencido) se refrendarían los acuerdos de paz con la guerrilla colombiana de las FARC; ganó las elecciones de Estados Unidos de América Donald Trump enarbolando banderas como que el cambio climático no es real y que se debe erigir un muro en toda la frontera mexicana.

 

El asombro que me produjo verificar el resurgimiento de muchas religiones solo ha sido igualado por la influencia que han ejercido estas fuerzas en el escenario político. El estado Islámico le corta el cuello a quienes no comparten su fe y arrojan desde edificios, amarrados y vendados a los gays ante la mirada cómplice y en algunos casos, festiva de sus conciudadanos. Muchos católicos vituperan al papa Francisco por sus posiciones solidarias con el proceso de paz en Colombia, por promover el acercamiento con las religiones Judía, Ortodoxa y con el Islam.

 

Está ganando el discurso del individualismo, está perdiendo el de la solidaridad. El miedo es la fuerza dominante, la esperanza es para los ingenuos.

 

En medio del aguacero de justificaciones, recriminaciones y explicaciones de los medios he encontrado algunas visiones que no había considerado en mi conjunto de creencias: Fuimos soberbios, Las personas que profesan religiones tienen los mismos derechos que los que somos ateos, los blancos de menores ingresos de Estados Unidos fueron excluidos, muchas personas del Oriente Medio no aguantan más las vejaciones originadas por la arbitraria fractura de la que fueron objeto sus naciones después de la segunda guerra mundial.

 

Creo que la principal enseñanza que me ha ofrecido esta crisis es la de entender que los espacios conquistados por las poblaciones excluidas (Afrodescendientes, Mujeres, Población LGBTI, Jóvenes, Inmigrantes, Desplazados)  ha generado nuevos espacios de exclusión para las personas que dominaban los territorios en el pasado.

 

Fallamos comunicando. Es totalmente legítimo el reclamo de las personas que tienen un conjunto de creencias sólidamente afianzadas de que sus hijos sean educados en un espacio que respete las mismas. Si existen colegios católicos, judíos, evangélicos o cristianos, el estado debe respetar el modelo de vida que se defiende en estas instituciones. Los manuales que intentó implementar el Ministerio de Educación pueden ser de obligatoria aplicación en el sistema de educación pública pero debe ser concertado con las instituciones privadas, con las familias, defendiendo los derechos de los niños y las niñas, respetando sus contextos familiares.

 

Quiero un país en el que mi hermano, mi compañero del colegio y yo quepamos sin que ninguno de los tres seamos subyugados, en los que los derechos de los tres sean respetados.

 

Quiero que todos tengamos acceso a las oportunidades, quiero que todos los colombianos tengamos presentes a los campesinos que pasan hambre, a los niños rurales y urbanos que no tienen acceso a la educación de calidad.

 

Quiero que nos dejemos de matar, que nunca volvamos a escuchar a una madre o a un padre celebrando la muerte de algún hijo de otro o de otra, quiero que la justicia funcione con la misma rapidez para una niña abusada y para un gerente de Hyundai.

 

No quiero que mueran más niños de hambre en la Guajira ni en ninguna parte de Colombia, es una infamia que haya gente con hambre en un país con tanta abundancia.

 

Los que hemos reclamado respeto por los otros debemos hacer el ejercicio de tener empatía con las personas que profesan ideas diferentes, debemos defender sus espacios también, debemos ser respetuosos, las ideas de país que tenemos y que tienen no son necesariamente mamertas, castrochavistas, paracas o guerreristas.

 

Empezaré esta etapa de mi vida con el propósito de que me acompañe en todos mis actos y pensamientos una palabra: Respeto.

 

Administrador de Negocios de la Escuela de Administración de Negocios, con posgrado en Gestión de Ciudades y Emprendimientos Creativos de la Universidad Nacional de Córdoba y Gestor Cultural. Con experiencia en organizaciones de carácter social, ex-director de Eventos y Secretario de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín, consultor, asesor, conferencista y tallerista en proyectos culturales y de carácter social.
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