JÓVENES: ENTRE EL FRÍO, LOS MIEDOS Y LA SOLEDAD

 

Ahora llueve, mantengo la ventana abierta y dejo que el frío se tome por completo este rincón mío y tan mío. He apagado la música, permito que el silencio y la soledad se encarguen de ponerme frente a ese ser taciturno y extraviado que me habita desde niño.

 

Me llegan voces tristes, de jóvenes agobiados por la estrechez del mundo que les dejamos para vivir; llenos de dolor me cuentan que están matando a sus parceros, a otros jóvenes que habitaron el barrio, que atravesaron juntos el amor, el deseo, la droga; con los que era posible nacer y vivir en las esquinas que fueron su escuela, su parche, su destino.

 

Cuentan por diez los que ya no están. Entienden que ese era su destino, que estaban marcados, que se portaron mal. “Todos nosotros nos portamos mal, pero que duro que por eso tengamos que morir; nos hacen falta, los llevamos aquí y de aquí nadie nos los borra”, dicen mientras aspiran sus humos, que son la yerba que los une, que los mantiene atados a su clan y a su destino.

 

Escucho sus voces acortadas, sus palabras ligeras, sus frases inmediatas que salen veloces como si temieran no tener otra oportunidad. Están llenas de verdades simples, pero son sus verdades. Hablan que sus caminos anchos los llevan a su único destino: el mal; cuando quieren otro camino, ese es angosto, difícil, increíble. Querer retomar el camino que perdieron siendo niños entre abusos, abandonos, violencias es tan difícil, tan increíble que terminan extraviados, y de pronto se vuelven a encontrar en el camino de siempre y aún, más cerca, de la muerte.

 

Ni se acuerdan cuando iban a la escuela, solo saben decir que era una cosa muy aburrida, que no veían la hora de salirse de ella. Todos a la vez contestan que ellos creen que “el todos por ciento de los niños” viven aburridos del estudio y que eso es grave, porque los chicos de hoy solo quieren el billete, afirman con la seguridad de quien tiene mucha experiencia.

 

Lo único que los une a la ciudad fantasiosa es el fútbol: El Verde les camina por las venas, esa bandera los pone en comunión con otros seres que no saben que existen; es la energía sublime del domingo que recorre todas las laderas y en un rito sobrenatural los hace hermanos y seguidores de un balón que, empujado por hombres y mujeres diversos, a los que no les importa el otro, sueñan que el balón llegue a la red, y en ese instante sublime, se conviertan en humanos inmaterialmente felices.

 

Ahora sienten que los están matando y en serio. Le huyen a la policía, a los del combo de siempre, a los del combo que está llegando, a las ofertas suicidas. Su mundo es pequeño y en ese mundo no tienen derechos. El alcalde es un peludo que persigue pillos, pero ellos no saben si también los persigue a ellos, su noción de estado, es un montón de tombos que los acosan; quisieran que alguien los apoyara, pero ya no saben en qué. Recuerdo que hace un tiempo un chico como ellos me decía: “a mí ya se me olvidó que era lo que quería ser cuando fuera grande”.

 

La noche es fría, en algún lugar de esta inmensa ciudad, jóvenes estarán escondidos presos del miedo y de la soledad. Mañana habrá un nuevo día y saldrán a las calles en su lucha diaria por sobrevivir. Algunos podrán trabajar en algo, otros harán algo… otros estarán en sus esquinas sin pensar en otro día.

 

Estos días, cuando me llega el miedo de los jóvenes sometidos en una guerra que no compraron, vuelvo a pensar que esta ciudad extravió sus caminos, que hace días olvidó a sus jóvenes. Ya nadie se preocupa por saber quiénes son, con qué sueñan, qué ciudad quieren para ellos.

 

¿Será la hora de regresar a sus lugares y escucharlos con la firme voluntad de construir con ellos un destino justo y seguro?

 

Es la hora de la compasión y del amor con los jóvenes que abandonamos al horror.

 

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