La noche que maté a tres

Esa noche ya estábamos todos dormidos. Eran aproximadamente las 12 de la noche cuando escuchamos algunos ruidos en la cocina, que quedaba en la parte de atrás de la casa. Se sentía como si estuvieran rasgando y aruñando bolsas y como si golpearan un tarro.

Mi hermano fue el primero que se levantó y, sin prender la luz yo lo seguí. Por esa época el tenía unos 17 años y yo 12. Ya me imaginaba de que se trataba, pues en noches anteriores habíamos sentido ruidos similares pero el miedo nos había mantenido pegados a la cobija y a la cama. Nadie se animaba a levantarse y a averiguar de que se trataba.

La cocina estaba oscura, solo se veía la escasa luz de la noche que llegaba por un pequeño patio que comunica las habitaciones con la cocina y el baño. No prendimos la luz y, muy despacio, me acerqué hasta el sitio exacto de donde venían los sonidos. Mi hermano se paró junto al interruptor de la luz para, cuando fuera el momento preciso, encenderla y coger por sorpresa al intruso.

El ruido provenía de la parte inferior de lo que en nuestras casas llamamos “el pollo de la cocina”, es decir el mesón donde se preparan los alimentos. Mi mamá guardaba ahí, en canecas de pintura o de aceite cortadas en su parte superior, nuestro mayor tesoro: el mercado de la semana.

Era, precisamente, de una de estas canecas de donde provenía la fiesta y la algarabía. Yo la tomé con mucho cuidado y la llevé hasta el piso. En ese momento le hice señas a mi hermano de que prendiera la luz. Lo primero que vi dentro de la caneca fue una correría de cinco ratones que al versen descubiertos empezaron a saltar para escapar de la trampa en la que se había convertido la caneca que estaba medio vacía.

Yo los devolvía a la caneca con mi mano cada vez que saltaban. Luego tomé un bolenillo que estaba en el escurridor de los cubiertos para golpearlos. Esa iba a ser mi arma. En ese momento se me escaparon dos, pero los demás no lo harían. Yo estaba lleno de rabia por que estos ratones, se habían metido a mi cocina y se estaban contaminando mi comida. Sentía que había que matarlos como fuera posible y así lo hice. Uno a uno les destripé  su cabeza con el bolenillo dentro del tarro, mientras se movían de un lado a otro. Los primeros golpes los dejaban aturdidos y luego los remataba con un certero “bolinillazo” en la cabeza o en el tronco que les hacía brotar los ojos.

Cuando maté al último me sentí muy bien. Sentía que había hecho un gran trabajo y que había salvado a mi familia de esa plaga tan molesta, de un enemigo nocturno que nos había asustado. Sin ningún asomo de pesar le mostré a mi mamá “el trofeo” que estaba destripado en el fondo del tarro. Mi hermano también se sintió orgulloso de mi y yo me fui a dormir muy tranquilamente esa noche.

Ya han pasado muchos años, pero hace poco me desperté en medio de la noche con el recuerdo de lo que había pasado aquella vez. No podía entender como fui capaz de hacer lo que hice, matar a tres ratones de manera tan violenta y sin ningún remordimiento, no con cierta, sino con total felicidad y convicción de que había hecho algo maravilloso, casi heroico. Pensaba que, definitivamente, había en mi otra consciencia diferente a la de hoy. Pensé un rato en aquellos ratones, les pedí que me perdonaran y me volví a acostar. Hoy creo que nunca se han ido de mi mente, siempre han estado conmigo.

¿Qué ha cambiado en mi, desde entonces, para pensar hoy diferente? Es la pregunta que ha rondado por mi cabeza todos estos días y, creo, que tengo una respuesta. El reconocimiento de la dignidad que hay en los animales, el maravillarse con lo extraordinarios y únicos que son, (incluso reconocer lo ejemplar que son con respecto a nosotros los humanos) son un proceso de aprendizaje cultural. Si en la cultura, y por lo tanto en la educación, no existen esos valores, los humanos seguiremos siendo indefinidamente el peor verdugo de todas las formas de vida.

Un cazador de jirafas como la niña Aryanna Gourdin creció y se ha mantenido en esa idea de ser un héroe por matar animales indefensos con un rifle: a su corta de 12 años ya ha matado osos, ñus, cebras y maravillosas jirafas. Sus padres alimentan esa idea al igual que la hacen los padres de pequeños (y adultos) toreros que ven su oficio de torturar animales con un arte.

Hace poco leía una descripción de una mujer animalista a la que admiro mucho, Paulina Pulgarín, sobre las otras especies animales. Decía en un corto post de su Facebook que ellos eran “otros pueblos”. Me encantó está descripción por lo que esto intrínsecamente significa: el derecho a un territorio, el reconocimiento de su dignidad, de todos sus derechos. Meses atrás Brigitte Baptiste escribió en una de sus columnas de la Revista Semana sobre: “Reconocer los derechos del río, del bosque o de la montaña”, que planteaba a propósito del fallo de la Corte Constitucional que reconoció al Río Atrato como sujeto de derechos y ordenó al estado su protección. Ambos concepciones sin duda inmensas y grandes avances sobre nuestra relación con la vida en este maravilloso planeta.

Mucho falta para que se logre efectivamente una transformación de nuestro irrespetuoso e indignante trato (in)humano con las demás especies y natura del planeta, pero esta semana podríamos dar un paso muy importante si el Congreso aprueba la Ley en contra de las corridas de toros en Colombia, algo que detendría, literalmente, el derramamiento de mucha sangre, mucho dolor y lo más importante: una muestra cultural de desprecio por la vida. Por ahora solo puedo pedirles a aquellos indefensos y hambrientos ratones de mi infancia que me perdonen y que sus pequeñas energías nos sigan acompañando para que nuestra luz interior crezca y nos reconozcamos más a nosotros mismos en todas las formas de vida

Comunicador social-periodista
Docente universitario
Persigo la utopía porque me hace caminar
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