Medio país celebra y medio país llora y eso no siendo lo deseable es lo real

Ni los del SÍ ni los del No, esperaban testimoniar en cifras una división tan radicalizada de nuestra dolida Colombia.

 

División que se expresa con mayor claridad en unas regiones que en otras, y entre regiones.

 

El triunfalismo no es el camino como tampoco la derrota, sino tener claro qué es lo fundamental.

 

Décadas de esfuerzos por cambiar este oscuro país de guerra y los últimos cuatro años de ardua labor y tesón de la comisión negociadora no pueden echarse por la borda.

 

Como nunca antes los colombianos hemos tenido en mente el tema de la paz, pero, a la par, como nunca antes los colombianos nos hemos dicho tantas barbaridades y hemos caído en juegos tan sucios para ganar la opinión pública. No obstante, también, como nunca antes los colombianos hemos dejado de matarnos entre hermanos, y ese cambio es absolutamente real.

 

Pero las palabras siembran miedo y odio y el miedo y el odio siembran violencias, no sólo de lenguaje y simbólicas, sino directas. Y, precisamente por la paz, urge parar la cadena de burlas y agresiones en un momento tan crítico y elevar la dignidad del debate.

 

Muchas regiones de frontera o periféricas hubiesen firmado su paz  mientras otras del centro la posponían.

 

A la par que los dirigentes políticos anuncian hacia afuera su voluntad de paz, no debemos olvidar sus tendencias polarizantes, ni las amenazas de grupos y fuerzas desestabilizantes presentes en el país.

 

Por ello y por mucho más y, en particular, por todos los colombianos y territorios víctimas, urge inculcar reconocimiento y respeto por el otro diferente, e inteligencia y calma para propender por el acercamiento entre los colombianos. Diciendo con ello: entre la sociedad y los excombatientes de las Farc-Ep y entre los del No y los del Sí.

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