Una triada que mata y adormece

El largo conflicto armado en todas sus formas de barbarie, nos ha generado miedo, desconfianza e indiferencia; con esta triada los violentos organizados ilegalmente nos han sometido, han hecho con nosotros lo que se les ha dado la gana, nos han tenido paralizados, indefensos, humillados, desconcertados, desorientados.

 
Todos los actores armados sin distingo de los extremos derechos o izquierdos, han usado el miedo, el terror, el horror como una de sus principales armas de guerra. Los relatos de las víctimas y sobrevivientes de las más de mil quinientas masacres (1500) han sabido qué es el miedo y para qué sirve; los que se desplazaron, salieron huyendo en medio de los enfrentamientos, las ejecuciones y fusilamientos, las torturas y violaciones, la violencia generalizada; y por miedo corrieron con corotos a la espalda para salvar sus vidas. Sus relatos dan cuenta de cómo ha sido usado el miedo por los violentos para someter y despojar. Yo que no soy víctima, hoy mismo estoy envuelto en el miedo, en la angustia de no saber si esta guerra con las Farc va a terminar o a reiniciar.

 
En las víctimas crece el miedo durante la huida cuando intentan proceder a la denuncia ante las autoridades. La mayoría de las personas se han enfrentado al miedo que genera sospechar que el funcionario o servidor público, es parte del grupo armado que les aplicó muerte y amenaza. El vox populi expresa su desconfianza en la policía cuando se trata de controlar el narcotráfico y sobre todo el microtráfico; no conozco un solo ciudadano que confíe en la autoridad de la policía cuando de estos temas se trata. La mayoría no votó el 02 de octubre por desconfianza en los políticos y en las instituciones.

 
El miedo, la corrupción y la desconfianza; trabajando juntos consiguen el tercer y más importante resultado: la indiferencia, la anestesia. La mayoría de la indiferencia proviene del miedo y la desconfianza. Para desgracia nuestra, a muchos nos ha tocado ver y presenciar hechos violentos: secuestros, desplazamientos, extorsiones, policías trabajando con los ladrones. De hecho sabemos que con las arepas, huevos y la leche del desayuno, apoyamos sin quererlo a los paramilitares. Y ¿quién denuncia, quién tiene el valor, el arrojo, la valentía?. Casi nadie y no por indiferencia a secas, porque no le importen los demás, es por miedo de morir, de ser amenazado, y desconfianza en las instituciones percibidas como parte de la criminalidad.

 

La indiferencia crece abonada por el miedo y la sensación de desprotección; por ello es comprensible que el silencio y la indiferencia sean los refugios que hemos construido para mantenernos vivos y libres de amenaza. No hacer nada frente a los que matan y corrompen, ha sido la estrategia para sobrevivir sin exponernos. E insisto, no porque seamos malas personas, sino porque tememos.

 

Quitarle guerreros, hombres armados, a los grupos violentos organizados, es la prioridad número uno para sacar de la ecuación a los que más producen miedo, a los que tienen mayor capacidad para hacernos daño. Cada persona que traigamos de la ilegalidad a la civilidad, será un actor menos que nos produzca miedo; cada hombre y mujer que deje las armas, se desmovilice, se entregue, es un agente de miedo menos. Y aunque parezca incoherente, el éxito de su reincorporación a la sociedad, dependerá más de nuestra generosidad que de nuestra venganza punitiva; estoy convencido que a los delincuentes presos por robar motos y billeteras, los resocializaríamos más y mejor con un proceso de reinserción, que con la cárcel escuela del crimen. Para vencer al miedo, acoger con generosidad a los violentos, hacerlos nuestros.

 

Hacer confiable al Estado y hacernos confiables para nuestros vecinos, esperando respuesta de las instituciones, reciprocidad y confianza cívica en nosotros mismos, es el camino para construir confianza. Aunque imperfectas las instituciones del Estado e imperfectos nosotros, es lo que hemos construido como sociedad hasta ahora; la mayoría estamos de acuerdo que es preferible poner en manos de las instituciones públicas las soluciones y no ponerlas en manos de los actores violentos organizados ilegalmente. Esta certeza democrática nos puede salvar a nosotros y a las instituciones.

 

Con menos miedo, mayor confianza en nosotros y en nuestras instituciones, la indiferencia se revertirá, nuestra actitud resiliente se multiplicará, creceremos un poco, lo suficiente como para evitar que en adelante nuestro destino sea puesto en las manos, bolsillos, cuentas de guerreros y corruptos. Será más fácil movilizar la solidaridad y responsabilidad con los campesinos pobres y las víctimas. La indiferencia que era miedo agazapado, se volverá abrazo público.

Master en Ordenación y Gestión del Desarrollo de la Universidad de Sevilla. Columnista de Inforiente, participante de Conciudadanía.
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