¿Y SI PENSÁRAMOS EN UNA EDUCACIÓN PARA LOS MEDIOCRES?

Juan se salió de la escuela hace algunos días, me dijo que estaba aburrido, que eso no era para él, que todo se le hacía sin emoción pero que, además, había cogido fama de agresivo por lo cual todos los profesores lo aislaban. Se había vuelto silencioso y retraído por lo cual era objeto de “acoso escolar”, ante la mirada impasible de la institución.

 

Juan estudiaba en un colegio de la Comuna 13, aquella comuna que hoy vuelve a ser la zona de la ciudad donde todo el mundo hace llamados a intervenir porque se han aumentado los homicidios; el alcalde dice que es porque se está persiguiendo a “los pillos” y ellos, en su desbandada, terminan asesinando a otros miembros de las estructuras criminales; que “eso es normal cuando el Estado se compromete a devolver la seguridad a los ciudadanos”.

 

Pero, detrás de la dolorosa realidad de los homicidios, de matar el amor y los sueños de alguien que sólo quería vivir, del drama de la familia y amigos que no pueden entender porqué, en su segundo, le arrebatan a un ser que amaban, de una sociedad que no puede garantizar el derecho a la vida de sus ciudadanos y termina disminuida moralmente en sí misma; está la pregunta sobre: ¿quiénes son los jóvenes víctimas y victimarios que producen la muerte?

 

Este año en Medellín han sido asesinadas 380 personas, la mayoría de ellos jóvenes. Esa cifra es como decir que han desaparecido 10 grupos o “salones” de cualquiera de las instituciones educativas de la ciudad. Ese es el tamaño del horror y de la dimensión de nuestro mal. La perversidad de esta realidad es que para mantener nuestra conciencia tranquila nos tragamos el cuento de que los asesinados “no estaban cogiendo café”, es decir, hacían parte de la delincuencia y por eso su destino inexorable era morir.

 

Por un lado, esto no es cierto, como lo han demostrado las investigaciones de la Campaña No Copio – Nada Justifica el Homicidio – que han evidenciado que muchos de las personas asesinadas no pertenecían a las estructuras delincuenciales y fueron acribillados , según la lógica de los guerreros, por no cumplir con los códigos por ellos establecidos.

 

Por otro lado, es la manera irresponsable como justificamos, una realidad que no queremos ver, ya que nuestra niñez crece desprotegida, sin la garantía plena de sus derechos y sin oportunidades reales para su pleno desarrollo.

 

La criminalidad en Medellín se nutre indefinidamente de los chicos a los que les negamos esas oportunidades. Sólo por poner una cifra que nos sirva para observar lo que digo, cada año cerca de 10.000 niños abandonan el sistema educativo; muchos de ellos van a regresar más adelante, pero otros muchos jamás lo harán y su futuro será aún más incierto, algo a lo que parece están condenados muchos de nuestros jóvenes.

 

Llevamos años hablando de la educación como el motor de la transformación, pero como decía el maestro Guillermo Hoyos “seguimos teniendo una educación para los más”, y lo que necesitamos es una educación para las mayorías, que son los del medio, para los mediocres.

 

El vacío en la inversión para los chicos “inciertos en su destino” es impresionante. No existen programas consistentes para apoyar sus proyectos de vida en el caso que no sea la academia; los proyectos alrededor del arte, la cultura e incluso lo social siguen siendo marginales y de poca importancia para los proyectos educativos.

 

Poco se piensa en la cotidianidad de la escuela, en la vida de los niños que discurre, muchas veces, entre soledades y tristezas; la escuela para los decisores de la política sólo requiere ser el lugar donde se muestren mejorías en pruebas extrañas, que en la mayoría de los casos, no dialoga con las pasiones de los niños y niñas.

 

Duele, por ejemplo, que para este año, a los ya ínfimos recursos que recibían para su funcionamiento las instituciones educativas se les haya hecho un recorte adicionalmente de un 20%. Instituciones que antes sobrevivían con 120 millones ahora lo tienen que hacer con 100. ¿Eso es coherente con la dimensión de la tarea que tenemos? Y eso sin hablar de las dificultades en el programa de alimentación escolar.

 

Tenemos que ser responsables con nuestro destino como sociedad, tenemos que asumir una educación que piense más en la vida de nuestros niños y niñas y menos en los intereses del capital; más en como pasamos de ser una sociedad que criminaliza, a una sociedad amorosa y compasiva.

 

La educación como esperanza debe ser nuestro eje, nuestro compromiso con los “mediocres” tiene que ser la guía para cada nuevo paso.

 

Actualmente Juan vive en una vereda de Medellín, sigue sin estudiar pero ahora le brillan los ojos. Participa en actividades artísticas y tiene talento. Cuando le pregunto ¿por qué es más feliz ahí? Me responde: Aquí me quieren y una señora en las tarde nos lee historias.

 

Puede ser sencillo, puede ser difícil. Lo importante es comprometernos como sociedad en hacerlo posible.

 

 

 

 

 

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